En una tarde plomiza, a las que nos tiene acostumbrado el mes de septiembre, llegué puntualmente a las 15 h para cubrir la presentación de Volviendo sin Chevrolet 51, en el marco de la V Feria del Libro de Junín, que no se interrumpe por la siesta.
El auditorio del Museo Municipal de Arte (MUMA) estaba ya preparado para recibir al cálido público en 48 sillas (il morto qui parla) ante una mesa con micrófono inalámbrico. Allí pude comprobar, in situ, la expectativa que el acto había suscitado: había ya dos personas, cuya contenida emoción percibí observando con disimulo.
No habían pasado 5 minutos cuando un individuo –masculino, sesentón, saco de omespún- se introdujo en la escena y colocó sobre la mesa un número atinado de ejemplares del libro que habría de presentarse. Dado que los sacaba con naturalidad de un bolso color té con leche, deduje que se trataba del autor.
Un ratito después, ante una sala colmada por 9 concurrentes, una mano que emergía de la manga del saco de omespún empuñó el micrófono. La voz del sujeto que correspondía a esa mano comenzó a hablar de sí mismo, como si se tratase de uno de los personajes. Deduje que la obra pertenecía al género de la propiografía, que según escuché ya se practicaba en tiempos remotos.
Aprovechando sus conocimientos históricos, dijo el autor: “Dentro de cien años, este momento también será remoto”, a lo que asintieron los presentes con gesto sombrío. Perceptivo, cedió la palabra al poeta Liggera, que en certeras frases describió la obra, ofreciendo un rico contrapunto entre su mirada amplia de lector y el estrecho subjetivismo del autor. “Este libro es como un bife –concluyó el comentarista- puede comenzar a comerse por cualquier borde”.
Con gesto amistoso el autor ofreció la palabra a los participantes, algunos de los cuales la rechazaron con ostensibles negativas, mientras otros bajaban la vista o miraban hacia los costados. Cuando Tommy Kenny –que no había escuchado la propuesta- levantó su mano para acomodarse un mechón rebelde, el autor le incrustó el micrófono, ante el cual desgranó oportunos y sentidos recuerdos.
En ese momento de máxima emoción, se introdujo el joven que coordinaba el acto. Capté al instante que iba a aportar una opinión decisiva, y temo que no me equivoqué: “Es la hora –dijo-. Ya viene el otro acto”.
Al salir, un concurrente preguntó al autor “¿Qué significa el título?”. “Es una clave cuya solución está aquí –señaló el libro con enigmática sonrisa-. Son 25 pesos”.
(Jordán Yleret, cronista de sociales)
19 diciembre, 2009
17 diciembre, 2009
El dictador
Respiró hondo, empuñó lapicera, y escribió: sin fumar, este cuento lo escribiré sin fumar. Es que ya había fumado bastante ese día, y todos los días, no demasiado tampoco, unos diez o doce cigarritos era su medida aproximada, salvo que estuviese preocupado. Ahora estaba preocupado, y después de sacar la cuenta su mano izquierda recorrió la frente húmeda, y la secó en el pelo. Después rozó la barba, dibujando en el aire un signo de interrogación. Con la derecha, que todavía sostenía la lapicera, anotó: ¿Podré?
Miró el techo para analizar la situación. Hacía mucho que sabía que la respuesta está arriba, precisamente hacia el lado izquierdo del techo. Pero esta vez no encontró respuesta. Tengo que probarlo, pensó. Si logro llegar a la primera página, el comienzo el cuento estará escrito. Para escribir necesito una idea, fue la siguiente frase que decidió no escribir, por considerarla obvia. ¿De dónde la sacaría? Si no se me ocurre ahora, soñaré. Estuvo a punto de ponerlo en su cuaderno, pero la obligación soñar por encargo le pareció poco literaria, y hasta humillante para la imagen que tenía de sí mismo como escritor.
A su lado estaba el paquete de tabaco y las hojas de papel Ombú, pero no se atrevió a tocarlos. Sí, soñaré un cuento, o no escribo más, puso en el siguiente renglón, sabiendo que la historia no avanzaba, pero sí que ya llevaba media hora sin fumar. Y debo hacerlo, porque mi honor está en juego. Tachó honor, era demasiado, después puso vida, y la tachó también. Era sólo su vida de escritor durante esa noche. Sí, esto sí.
Se dio cuenta en el acto que estaba coaccionando a su inconciente, poniéndolo en un brete para que le diera una respuesta. Sin mirar el tabaco llenó un vaso de agua fría, y decidió irse a dormir. Los huesos no crujieron pero sí la cama. Mañana vería. Si no puedo hacerlo será un signo de que estoy terminado, fue su último pensamiento, después de apagar la luz, antes de su oración nocturna. La noche, su sueño, o Dios, le responderían.
2
Ni el sueño ni la noche le respondieron, entre vueltas inquietas y vislumbres del cielo en la ventana abierta al patio. Cuando despertó, sólo recordaba la figura de un hombre sentado en un sillón, que lo miraba fijamente, como en un retrato, hasta que de pronto sus labios comenzaban a moverse.
Durante todo el día trató de no pensar en el asunto, ni en su vida de escritor acabado, ni en su decisión de no fumar, que abandonó, como tantas veces, cerca del mediodía. Pero no pudo. Las obsesiones de la vejez no se superan tan rápido. Pasó esa tarde, y la siesta, y la noche de ese día, y llegó el día siguiente, con su siesta y su noche. Ni siquiera pudo anotar en su diario que se trataba de días doble críticos, según la teoría del biorritmo. La imagen del hombre sentado en el sillón, primero inmóvil y luego comenzando a hablar, no lo abandonaba cuando estaba despierto, ni en los momentos de somnolencia en que se resume la fatiga del hipertenso.
Comenzó a analizar los detalles. Aunque sabía que Dios puede presentarse bajo diferentes rostros, inclusive humanos, no veía en él a Dios. Tampoco a su padre, que aunque solía sentaba en un sillón, vestía distinto. El de su sueño, con un traje de gris indefinible, de rostro alargado y hermético, parecía rondar los setenta, una edad parecida a la suya. ¿Sería su otro yo, intentando decirle algo que no podía entender?
3
Algo así como una semana había pasado desde el primer sueño cuando comprendió que debía hacer algo para salir del atolladero en que se había metido. Entonces comenzó a introducirse, despierto, en la situación de su sueño, imaginando qué diría el aparecido. Cuando lograba una frase aceptable, la anotaba en su cuaderno. Por ejemplo:
-No soy Dios, no soy tu padre, no soy tu otro yo. Soy, apenas, el dictador de tu próximo cuento.
Esta fue la que consideró más lograda. Como si hubiera conjurado un exorcismo, esa noche volvió a soñar con el enigmático sujeto, y por primera vez escuchó sus palabras.
-No te preocupes por el resultado –le dijo- sino por la empresa. Tu vida no depende de esta apuesta. Quizá estás en un mal momento, quizá no escribas más. ¿Para qué anticiparse? En todo caso, tienes a tu disposición la idea que te ronda: un hombre que se creía terminado.
Estaba más tranquilo cuando se despertó, en el octavo día, y después de desayunar, al amanecer, sin fumar, comenzó a escribir. Desde la primera línea se dio cuenta que sería una novela.
Miró el techo para analizar la situación. Hacía mucho que sabía que la respuesta está arriba, precisamente hacia el lado izquierdo del techo. Pero esta vez no encontró respuesta. Tengo que probarlo, pensó. Si logro llegar a la primera página, el comienzo el cuento estará escrito. Para escribir necesito una idea, fue la siguiente frase que decidió no escribir, por considerarla obvia. ¿De dónde la sacaría? Si no se me ocurre ahora, soñaré. Estuvo a punto de ponerlo en su cuaderno, pero la obligación soñar por encargo le pareció poco literaria, y hasta humillante para la imagen que tenía de sí mismo como escritor.
A su lado estaba el paquete de tabaco y las hojas de papel Ombú, pero no se atrevió a tocarlos. Sí, soñaré un cuento, o no escribo más, puso en el siguiente renglón, sabiendo que la historia no avanzaba, pero sí que ya llevaba media hora sin fumar. Y debo hacerlo, porque mi honor está en juego. Tachó honor, era demasiado, después puso vida, y la tachó también. Era sólo su vida de escritor durante esa noche. Sí, esto sí.
Se dio cuenta en el acto que estaba coaccionando a su inconciente, poniéndolo en un brete para que le diera una respuesta. Sin mirar el tabaco llenó un vaso de agua fría, y decidió irse a dormir. Los huesos no crujieron pero sí la cama. Mañana vería. Si no puedo hacerlo será un signo de que estoy terminado, fue su último pensamiento, después de apagar la luz, antes de su oración nocturna. La noche, su sueño, o Dios, le responderían.
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Ni el sueño ni la noche le respondieron, entre vueltas inquietas y vislumbres del cielo en la ventana abierta al patio. Cuando despertó, sólo recordaba la figura de un hombre sentado en un sillón, que lo miraba fijamente, como en un retrato, hasta que de pronto sus labios comenzaban a moverse.
Durante todo el día trató de no pensar en el asunto, ni en su vida de escritor acabado, ni en su decisión de no fumar, que abandonó, como tantas veces, cerca del mediodía. Pero no pudo. Las obsesiones de la vejez no se superan tan rápido. Pasó esa tarde, y la siesta, y la noche de ese día, y llegó el día siguiente, con su siesta y su noche. Ni siquiera pudo anotar en su diario que se trataba de días doble críticos, según la teoría del biorritmo. La imagen del hombre sentado en el sillón, primero inmóvil y luego comenzando a hablar, no lo abandonaba cuando estaba despierto, ni en los momentos de somnolencia en que se resume la fatiga del hipertenso.
Comenzó a analizar los detalles. Aunque sabía que Dios puede presentarse bajo diferentes rostros, inclusive humanos, no veía en él a Dios. Tampoco a su padre, que aunque solía sentaba en un sillón, vestía distinto. El de su sueño, con un traje de gris indefinible, de rostro alargado y hermético, parecía rondar los setenta, una edad parecida a la suya. ¿Sería su otro yo, intentando decirle algo que no podía entender?
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Algo así como una semana había pasado desde el primer sueño cuando comprendió que debía hacer algo para salir del atolladero en que se había metido. Entonces comenzó a introducirse, despierto, en la situación de su sueño, imaginando qué diría el aparecido. Cuando lograba una frase aceptable, la anotaba en su cuaderno. Por ejemplo:
-No soy Dios, no soy tu padre, no soy tu otro yo. Soy, apenas, el dictador de tu próximo cuento.
Esta fue la que consideró más lograda. Como si hubiera conjurado un exorcismo, esa noche volvió a soñar con el enigmático sujeto, y por primera vez escuchó sus palabras.
-No te preocupes por el resultado –le dijo- sino por la empresa. Tu vida no depende de esta apuesta. Quizá estás en un mal momento, quizá no escribas más. ¿Para qué anticiparse? En todo caso, tienes a tu disposición la idea que te ronda: un hombre que se creía terminado.
Estaba más tranquilo cuando se despertó, en el octavo día, y después de desayunar, al amanecer, sin fumar, comenzó a escribir. Desde la primera línea se dio cuenta que sería una novela.
14 diciembre, 2009
La vida en los hoteles
Mucho se habla de la casa y del hogar; pero poco del lugar donde se vive cuando la casa y el hogar no están. Espacio de tránsito, de reclusión voluntaria o involuntaria, propuesta por los negocios o los asuntos profesionales, el hotel, bajo todas las formas en que elijamos imaginarlo, es el lugar donde mejor podemos imaginar al sujeto, extraído de una circunstancia y colocado en otra. Su rostro, de frente o perfil, es el mismo. Pero ha variado el fondo, y el cuadro es, simplemente, otro.
Tengo una debilidad especial por los hoteles, quizá porque los frecuento desde niño. En algún momento pensé hacer una lista de los lugares donde me hospedado a lo largo de los últimos cincuenta años. Pero eso solamente aportaría una aburrida base de datos que para ser leída necesitaría algunas claves organizadoras. La más obvia es espacio y tiempo, es decir lugares y momentos; los viajes que hice, y sus circunstancias.
Sin embargo, no estoy proponiéndome ahora revisar esa historia casual centrada en una vida, que tiene su valor para uno pero escaso interés para el otro, al que asediaríamos con recuerdos rara vez inefables, y con frecuencia monótonos. Mas interesante es recuperar, aunque sea a través de mi propia experiencia, pero también teniendo en cuenta la de otras personas, la dimensión sociológica del sujeto en viaje, capaz de seguir siendo en el desdoblamiento de los cuartos de hotel, bañados por su cruda realidad de espacios impersonales, diseñados especialmente para el tránsito pasajero.
Está claro que la idea de hotel necesita la complementaria del sujeto que ha de hospedarse en él. El cuarto y el huésped están unidos por un vínculo sutil, cuyo atractivo es la indeterminación. El cuarto, en principio, no me espera exactamente a mí. Pero ha sido pensado para alguien, espera ser ocupado por alguien cuyo rostro desconoce, aunque no otras condiciones: todo cuarto reclama a un tipo de viajero, cuyas categorías están establecidas de antemano. Los hoteles reproducen las segmentaciones sociales.
¿Pero qué es un hotel? ¿Se agota su diferenciación en tarifas single y doble, según temporada alta y baja, y en la categorización internacional medida en estrellas, esto es, en las formas contemporáneas, definidas por el mercado turístico, de las que entiende el agente de viajes? No. La idea de hotel, tal como la imagino en este texto, requiere un concepto más abarcativo, válido para tiempos y situaciones diversas. Hotel será, simplemente, el lugar donde habita aquel que no está en su propia casa. El vínculo sociológico elemental entre lugar y sujeto, está dado por las reglas institucionales del hospedaje, una relación social específica, que no obstante admite diferencias notables.
Hotel es el palacio del príncipe A que recibe al príncipe B; hotel es la posada que aloja al escudero; y hotel será la cuadra o el establo donde el caballerizo y el caballo residirán mientras dure la visita. Hotel será el calabozo donde pernoctará el borracho pendenciero, el monasterio de Cluny, y la cárcel de la Isla del Diablo. Hotel es el Sheraton, el motel por horas, el hospital, y el Hogar de la Empleada que fundó monseñor D’ Andrea en Buenos Aires. Hotel es el campo de concentración y el albergue en las montañas. Hotel es la pensión donde moran el estudiante y el empleado que vino de otro pueblo. Hay hoteles navegantes que surcan ríos o cruzan mares y océanos, y los hay voladores que navegan por el espacio.
En el espacio anónimo del hotel el viajero se despersonaliza un tanto, y necesita imprimir unas huellas de identidad, acaso para redescubrirse, o apenas para no disolverse. Entre los escritores que acostumbraban vivir y escribir en los hoteles recuerdo a Rudyard Kipling y Somerset Maugham. En una de esas maratones de viaje por países extraños me tocó cambiar de hotel cada noche. Al llegar abría mi bolso y colocaba a la vista las fotografías de mis hijos, que me aseguraban quién era con más fuerza que el nombre anotado en el libro de registro.
Me tocó también trabajar en una oficina pública instalada en un edificio que había sido hotel años atrás. Allí descubrí huellas remotas y sutiles de viajeros pretéritos, que me abordaban por la noche cuando quedaba trabajando solo. En el vacío cuarto cruzan como fantasmas las energías de otros. El hotel es también una ciudad abandonada y poco puede hacer el viajero para resistir la presencia de los desconocidos. Sólo abrir un libro, cerrralo, apagar la luz, tenderse entre las sábanas y esperar que el sueño lo transporte a un nuevo día.
Tengo una debilidad especial por los hoteles, quizá porque los frecuento desde niño. En algún momento pensé hacer una lista de los lugares donde me hospedado a lo largo de los últimos cincuenta años. Pero eso solamente aportaría una aburrida base de datos que para ser leída necesitaría algunas claves organizadoras. La más obvia es espacio y tiempo, es decir lugares y momentos; los viajes que hice, y sus circunstancias.
Sin embargo, no estoy proponiéndome ahora revisar esa historia casual centrada en una vida, que tiene su valor para uno pero escaso interés para el otro, al que asediaríamos con recuerdos rara vez inefables, y con frecuencia monótonos. Mas interesante es recuperar, aunque sea a través de mi propia experiencia, pero también teniendo en cuenta la de otras personas, la dimensión sociológica del sujeto en viaje, capaz de seguir siendo en el desdoblamiento de los cuartos de hotel, bañados por su cruda realidad de espacios impersonales, diseñados especialmente para el tránsito pasajero.
Está claro que la idea de hotel necesita la complementaria del sujeto que ha de hospedarse en él. El cuarto y el huésped están unidos por un vínculo sutil, cuyo atractivo es la indeterminación. El cuarto, en principio, no me espera exactamente a mí. Pero ha sido pensado para alguien, espera ser ocupado por alguien cuyo rostro desconoce, aunque no otras condiciones: todo cuarto reclama a un tipo de viajero, cuyas categorías están establecidas de antemano. Los hoteles reproducen las segmentaciones sociales.
¿Pero qué es un hotel? ¿Se agota su diferenciación en tarifas single y doble, según temporada alta y baja, y en la categorización internacional medida en estrellas, esto es, en las formas contemporáneas, definidas por el mercado turístico, de las que entiende el agente de viajes? No. La idea de hotel, tal como la imagino en este texto, requiere un concepto más abarcativo, válido para tiempos y situaciones diversas. Hotel será, simplemente, el lugar donde habita aquel que no está en su propia casa. El vínculo sociológico elemental entre lugar y sujeto, está dado por las reglas institucionales del hospedaje, una relación social específica, que no obstante admite diferencias notables.
Hotel es el palacio del príncipe A que recibe al príncipe B; hotel es la posada que aloja al escudero; y hotel será la cuadra o el establo donde el caballerizo y el caballo residirán mientras dure la visita. Hotel será el calabozo donde pernoctará el borracho pendenciero, el monasterio de Cluny, y la cárcel de la Isla del Diablo. Hotel es el Sheraton, el motel por horas, el hospital, y el Hogar de la Empleada que fundó monseñor D’ Andrea en Buenos Aires. Hotel es el campo de concentración y el albergue en las montañas. Hotel es la pensión donde moran el estudiante y el empleado que vino de otro pueblo. Hay hoteles navegantes que surcan ríos o cruzan mares y océanos, y los hay voladores que navegan por el espacio.
En el espacio anónimo del hotel el viajero se despersonaliza un tanto, y necesita imprimir unas huellas de identidad, acaso para redescubrirse, o apenas para no disolverse. Entre los escritores que acostumbraban vivir y escribir en los hoteles recuerdo a Rudyard Kipling y Somerset Maugham. En una de esas maratones de viaje por países extraños me tocó cambiar de hotel cada noche. Al llegar abría mi bolso y colocaba a la vista las fotografías de mis hijos, que me aseguraban quién era con más fuerza que el nombre anotado en el libro de registro.
Me tocó también trabajar en una oficina pública instalada en un edificio que había sido hotel años atrás. Allí descubrí huellas remotas y sutiles de viajeros pretéritos, que me abordaban por la noche cuando quedaba trabajando solo. En el vacío cuarto cruzan como fantasmas las energías de otros. El hotel es también una ciudad abandonada y poco puede hacer el viajero para resistir la presencia de los desconocidos. Sólo abrir un libro, cerrralo, apagar la luz, tenderse entre las sábanas y esperar que el sueño lo transporte a un nuevo día.
03 noviembre, 2009
Confidencia
Dos días antes, una amiga me preguntó dónde, a qué hora, y por qué me casaba. No pude sino responder en parte: las 19 horas del 24 de octubre, en Maco Hondo. En cuanto al porqué, me propongo decirlo en estas cuartillas, a mí mismo, para enterarme. Si se trata de razones, pues las hallaré, pero no estoy seguro de que el casamiento sea un hecho enteramente racional.
El amor tampoco es racional, y en este caso tiene que ver con esta decisión que compartimos entre tres: nosotros, ella, y yo. Decidimos dar un paso clásico, firmando el libro de la Ley, y presentando nuestro acuerdo ante la familia y la comunidad de amigos/as, que constituyen una Asamblea del Pueblo.
Hace ocho años reconocí el rostro de Cecilia Canevari, y me senté a su mesa. Desde entonces estoy allí, ante una Madame Balzac imaginaria que me franquearía el camino de su corazón si lograba conmoverla con mis endechas y relatos. Soy desde entonces escudero, acólito, discípulo, escribiente nocturno de uno u otro libro que mañana acercaré a sus manos.
Sus manos no fueron lo primero que vi, pero sí la más precisa cifra de su modo. Arrojaban las piedras del I Ching y desplegaban un aura iridiscente que se llama caricia, destreza, hábiles manos de mujer que hacían rápido y bien tareas que yo cumplo torpemente, o que no hago en absoluto.
Digamos ya que éramos opuestos y complementarios en materia de género, yin y yan, ella la libertad (5), yo la armonía (6), la luminosa y el oscuro. Una generación nos separa. Y sin embargo, tan parecidos: nuestras familias paternas vienen de Sampierdarena; los dos nacimos bajo la flecha de Sagitario, ambos trabajamos en la universidad.
No es necesario dar detalles acerca del misterio del amor incesante. Pero quizá sea el momento de volver a leer Tú y Yo, de Martin Buber, y hasta de volver a escribirlo. Sí, una novela acerca de mi vida reciente en tanto enamorado podría justificarla por completo, y acaso permitirme bailar la danza de los fantasmas que tientan todos los días la sensibilidad del poeta, que no es sino un actor que se deja sugestionar por la fuerza de los argumentos.
Ahora voy a contarte la verdad de las cosas. Después de muchas laboriosas empresas en que había tejido mi propia cota de malla para dar batalla bajo la metralla (oh, qué irritante consonancia, pero lanzada está la metáfora) me vi caer, como el Vizconde Demadiado (Ítalo Calvino) partido en dos mi cuerpo por tan certera bala que podría haberla disparado el Barón de Mündchausen. Una parte de mí, que era la buena, dirigiose al monasterio más próximo y solicitó tomar los hábitos, que le dieron (me dieron) de inmediato, visto el poco lienzo que bastaba para cubrir mis desnudeces.
Desde entonces se me escucha cantar unos madrigales lóbregos que hablan del nuevo tiempo y la necesidad de resistir a pie y bola firme –basta uno de cada para representar la especie- las provocaciones de los macarras de la moral, y de tanta ave negra que se alimenta de la carroña. Durante la vida de esa parte de mí en el monasterio ejercí sucesivamente los oficios de mendigo, cosechero y escribiente, tareas que requieren sólo una mano.
Al cabo fui promovido a bibliotecario, asombrándose muchos de mi destreza para pasar las hojas de los infolios con el dedo, fuesen de mano o pie. Desarrollé entonces un notable equilibrio entre la lectura, la traducción, el copismo y el plagio, y me adiestré en el arte de la iluminación, aunque mi único ojo dejó de ver los verdes y el dorado, debiendo resignar colores tan nobles que antes había conocido y admirado. Descollé, según me dijeron, en el tratamiento de los grises. Ha quedado guardada, entiendo, la serie de libros que traduje, copié y hasta firmé, sintiendo que Maiacovski o Cendrars habían contagiado mi pluma. Mucho pequé, lo sé, y los días calmos de la biblioteca permiten mitigar el desconsuelo de mi conclusión: el editor tiene la culpa.
Entretanto, sin que esa parte de mi lo supiese, la otra también se las había arreglado para sobrevivir. Medio saltando, medio reptando, acciones que así descriptas convienen a una mitad, llegó a las caballerizas de una estancia, y apenas pudo articular palabra, en su media lengua, pidió hablar con el mayordomo, que le concedió el permiso para residir en un cobertizo de chapa, dotado de fogón y frigobar, hasta que se recuperase de las notables heridas que había sufrido en la guerra.
Rápido cauteriza el ánimo del que ha olvidado. Y esta parte de mi no había conservado más que algunos fragmentos del bulbo encéfalo raquídeo y la mayor parte del hemisferio derecho. No lo asistían la razón, ni la memoria, sino sólo el sentimiento. Esa parte de mí, y hasta yo mismo, según creo ahora, demostramos nuestra habilidad para construir instrumentos sonoros de paja, caña, barro, hueso, o piedra. No inventamos la guitarra porque no tuvimos tiempo, pero ya habíamos logrado quenas y ocarinas de elegante factura, que nos hubiese alabado don Emilio Wagner.
De tanto escuchar milongas y cielitos en las voces soterradas de los paisanos –que en calidad de peones se desplazaban por el tablero de la estancia- me sentí inspirado una tarde y escribí mis primeros versos.
No sabrás nunca quien soy
porque nunca me has mirado.
Cuando vos vienes yo voy
pero estoy siempre a tu lado.
Confieso que me llenó de emoción imaginar que en esta nueva media vida que comenzaba podría dedicarme a la poesía, y quizá enamorar a una mujer. Cometí el error de decírselo a algunos amigos, y se burlaron: “Cómo vas a conquistar a X, si te faltan cincuenta para el peso?”. Me observé unos segundos en el espejo que me ofrecieron, y entendí. Agradecí sus comentarios y me retiré, algo perturbado. Desde ese día decidí presentarme siempre de perfil.
Alcancé cierto éxito en los juegos florales de algunas ciudades pampeanas, y mi opúsculo “La mitad suficiente” fue editado varias veces con mi complaciente aprobación. Mientras tanto, preparaba una novelita titulada “A una mujer completa”, que sería seguida por el ensayo filosófico “De las partes y el todo, o la consumación del amor mediante nuestras pocas partes”. Si lograba publicarlas pronto, me haría acreedor de una pensión que el Estado dispensaba a los escritores de mi provincia que hubieran publicado tres obras.
Sin embargo, debo confesarlo, me sentía incompleto, pero no por mi mitad faltante, a cuya ausencia me había acostumbrado, sino porque deseaba ser como el hornero: tener rancho, una pareja, y acaso un ventilador. No olvidemos que era un hombre simple, poco cerebral, y decidor, ya que dentro de mis limitaciones, manejaba los hilos del discurso amoroso. Así que un día de septiembre le pedí una entrevista a X, y me declaré, así como lo escuchas. Estábamos en el bar de una estación de servicio. Yo muy formal y bien vestido mi medio cuerpo, siempre de perfil, le dije algo así:
-Te hablo a Vos, motivo del son quejoso del ausente que sopló mi canto día tras día desde aquel otro día en que por primera vez te vi. Te hablo a Vos, pájara celeste que vi volar entre algarrobos con mi único ojo.
Así seguí, presumo, un largo rato, porque a veces las frases me van saliendo como ovejas del corral. Finalmente, le propuse matrimonio en los términos del registro civil. X, mujer sensitiva, cauta, y completa, prefirió un tiempo para considerarlo, gesto prudente que me tranquilizó, ya que mi propia osadía me asustaba.
Así que fue que nos mantuvimos en un trance hipnótico de suspenso que duró unos cuarenta y siete meses, cumplidos los cuales llegó a mi casa del Ángel de las Anunciaciones, y me dijo:
-Tus deseos han sido escuchados. X ha reconsiderado el caso y se apresta a darte una respuesta.
Le agradecí su visita, ofreciéndole una copita de grapa que él rechazó con cortesía, diciéndome que no bebía cuando estaba de servicio.
Se apresuraban los acontecimientos. El siguiente texto describe lo que vivió esa noche esta mitad de mí.
El amor tampoco es racional, y en este caso tiene que ver con esta decisión que compartimos entre tres: nosotros, ella, y yo. Decidimos dar un paso clásico, firmando el libro de la Ley, y presentando nuestro acuerdo ante la familia y la comunidad de amigos/as, que constituyen una Asamblea del Pueblo.
Hace ocho años reconocí el rostro de Cecilia Canevari, y me senté a su mesa. Desde entonces estoy allí, ante una Madame Balzac imaginaria que me franquearía el camino de su corazón si lograba conmoverla con mis endechas y relatos. Soy desde entonces escudero, acólito, discípulo, escribiente nocturno de uno u otro libro que mañana acercaré a sus manos.
Sus manos no fueron lo primero que vi, pero sí la más precisa cifra de su modo. Arrojaban las piedras del I Ching y desplegaban un aura iridiscente que se llama caricia, destreza, hábiles manos de mujer que hacían rápido y bien tareas que yo cumplo torpemente, o que no hago en absoluto.
Digamos ya que éramos opuestos y complementarios en materia de género, yin y yan, ella la libertad (5), yo la armonía (6), la luminosa y el oscuro. Una generación nos separa. Y sin embargo, tan parecidos: nuestras familias paternas vienen de Sampierdarena; los dos nacimos bajo la flecha de Sagitario, ambos trabajamos en la universidad.
No es necesario dar detalles acerca del misterio del amor incesante. Pero quizá sea el momento de volver a leer Tú y Yo, de Martin Buber, y hasta de volver a escribirlo. Sí, una novela acerca de mi vida reciente en tanto enamorado podría justificarla por completo, y acaso permitirme bailar la danza de los fantasmas que tientan todos los días la sensibilidad del poeta, que no es sino un actor que se deja sugestionar por la fuerza de los argumentos.
Ahora voy a contarte la verdad de las cosas. Después de muchas laboriosas empresas en que había tejido mi propia cota de malla para dar batalla bajo la metralla (oh, qué irritante consonancia, pero lanzada está la metáfora) me vi caer, como el Vizconde Demadiado (Ítalo Calvino) partido en dos mi cuerpo por tan certera bala que podría haberla disparado el Barón de Mündchausen. Una parte de mí, que era la buena, dirigiose al monasterio más próximo y solicitó tomar los hábitos, que le dieron (me dieron) de inmediato, visto el poco lienzo que bastaba para cubrir mis desnudeces.
Desde entonces se me escucha cantar unos madrigales lóbregos que hablan del nuevo tiempo y la necesidad de resistir a pie y bola firme –basta uno de cada para representar la especie- las provocaciones de los macarras de la moral, y de tanta ave negra que se alimenta de la carroña. Durante la vida de esa parte de mí en el monasterio ejercí sucesivamente los oficios de mendigo, cosechero y escribiente, tareas que requieren sólo una mano.
Al cabo fui promovido a bibliotecario, asombrándose muchos de mi destreza para pasar las hojas de los infolios con el dedo, fuesen de mano o pie. Desarrollé entonces un notable equilibrio entre la lectura, la traducción, el copismo y el plagio, y me adiestré en el arte de la iluminación, aunque mi único ojo dejó de ver los verdes y el dorado, debiendo resignar colores tan nobles que antes había conocido y admirado. Descollé, según me dijeron, en el tratamiento de los grises. Ha quedado guardada, entiendo, la serie de libros que traduje, copié y hasta firmé, sintiendo que Maiacovski o Cendrars habían contagiado mi pluma. Mucho pequé, lo sé, y los días calmos de la biblioteca permiten mitigar el desconsuelo de mi conclusión: el editor tiene la culpa.
Entretanto, sin que esa parte de mi lo supiese, la otra también se las había arreglado para sobrevivir. Medio saltando, medio reptando, acciones que así descriptas convienen a una mitad, llegó a las caballerizas de una estancia, y apenas pudo articular palabra, en su media lengua, pidió hablar con el mayordomo, que le concedió el permiso para residir en un cobertizo de chapa, dotado de fogón y frigobar, hasta que se recuperase de las notables heridas que había sufrido en la guerra.
Rápido cauteriza el ánimo del que ha olvidado. Y esta parte de mi no había conservado más que algunos fragmentos del bulbo encéfalo raquídeo y la mayor parte del hemisferio derecho. No lo asistían la razón, ni la memoria, sino sólo el sentimiento. Esa parte de mí, y hasta yo mismo, según creo ahora, demostramos nuestra habilidad para construir instrumentos sonoros de paja, caña, barro, hueso, o piedra. No inventamos la guitarra porque no tuvimos tiempo, pero ya habíamos logrado quenas y ocarinas de elegante factura, que nos hubiese alabado don Emilio Wagner.
De tanto escuchar milongas y cielitos en las voces soterradas de los paisanos –que en calidad de peones se desplazaban por el tablero de la estancia- me sentí inspirado una tarde y escribí mis primeros versos.
No sabrás nunca quien soy
porque nunca me has mirado.
Cuando vos vienes yo voy
pero estoy siempre a tu lado.
Confieso que me llenó de emoción imaginar que en esta nueva media vida que comenzaba podría dedicarme a la poesía, y quizá enamorar a una mujer. Cometí el error de decírselo a algunos amigos, y se burlaron: “Cómo vas a conquistar a X, si te faltan cincuenta para el peso?”. Me observé unos segundos en el espejo que me ofrecieron, y entendí. Agradecí sus comentarios y me retiré, algo perturbado. Desde ese día decidí presentarme siempre de perfil.
Alcancé cierto éxito en los juegos florales de algunas ciudades pampeanas, y mi opúsculo “La mitad suficiente” fue editado varias veces con mi complaciente aprobación. Mientras tanto, preparaba una novelita titulada “A una mujer completa”, que sería seguida por el ensayo filosófico “De las partes y el todo, o la consumación del amor mediante nuestras pocas partes”. Si lograba publicarlas pronto, me haría acreedor de una pensión que el Estado dispensaba a los escritores de mi provincia que hubieran publicado tres obras.
Sin embargo, debo confesarlo, me sentía incompleto, pero no por mi mitad faltante, a cuya ausencia me había acostumbrado, sino porque deseaba ser como el hornero: tener rancho, una pareja, y acaso un ventilador. No olvidemos que era un hombre simple, poco cerebral, y decidor, ya que dentro de mis limitaciones, manejaba los hilos del discurso amoroso. Así que un día de septiembre le pedí una entrevista a X, y me declaré, así como lo escuchas. Estábamos en el bar de una estación de servicio. Yo muy formal y bien vestido mi medio cuerpo, siempre de perfil, le dije algo así:
-Te hablo a Vos, motivo del son quejoso del ausente que sopló mi canto día tras día desde aquel otro día en que por primera vez te vi. Te hablo a Vos, pájara celeste que vi volar entre algarrobos con mi único ojo.
Así seguí, presumo, un largo rato, porque a veces las frases me van saliendo como ovejas del corral. Finalmente, le propuse matrimonio en los términos del registro civil. X, mujer sensitiva, cauta, y completa, prefirió un tiempo para considerarlo, gesto prudente que me tranquilizó, ya que mi propia osadía me asustaba.
Así que fue que nos mantuvimos en un trance hipnótico de suspenso que duró unos cuarenta y siete meses, cumplidos los cuales llegó a mi casa del Ángel de las Anunciaciones, y me dijo:
-Tus deseos han sido escuchados. X ha reconsiderado el caso y se apresta a darte una respuesta.
Le agradecí su visita, ofreciéndole una copita de grapa que él rechazó con cortesía, diciéndome que no bebía cuando estaba de servicio.
Se apresuraban los acontecimientos. El siguiente texto describe lo que vivió esa noche esta mitad de mí.
31 octubre, 2009
Sabiendo que vendrías
Sabiendo que vendrías
me preparé para esperarte.
Practiqué el ascetismo toda una larga noche.
Resistí la tentación de olvidarte, que me perdería.
Resistí la tentación de compararte: era una prueba demasiado fácil para vos.
No fumé, no bebí. Me disfracé de otro.
Amaneció sobre mi cuerpo sentado, extático,
el ojo de la mente mirando fijo el punto que te representaba.
Así, en alta contemplación
logré lo que no había conocido nunca
una mujer completa.
me preparé para esperarte.
Practiqué el ascetismo toda una larga noche.
Resistí la tentación de olvidarte, que me perdería.
Resistí la tentación de compararte: era una prueba demasiado fácil para vos.
No fumé, no bebí. Me disfracé de otro.
Amaneció sobre mi cuerpo sentado, extático,
el ojo de la mente mirando fijo el punto que te representaba.
Así, en alta contemplación
logré lo que no había conocido nunca
una mujer completa.
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